La tiranía de caerse bien

Nos han vendido una versión de la diversidad que parece sacada de un anuncio de refrescos de los años 90: todos cogidos de la mano, sonriendo, coincidiendo en todo y cantando al unísono. Nos han hecho creer que para ser “inclusivos” o “tolerantes”, tenemos que  querer  a todo el mundo.

Pero tengo una noticia impopular: eso no es diversidad, eso es  hipocresía.


La verdadera prueba de fuego de la diversidad no ocurre cuando estás rodeado de gente que piensa, viste y vota exactamente como tú. La prueba real es cuando te encuentras con alguien que te irrita, cuyas ideas te parecen absurdas o que, simplemente, te cae mal, y aun así, eres capaz de convivir con respeto.

Nos hemos convencido de que para respetar a alguien tenemos que sentir afinidad por él, y esa confusión es agotadora, pero el otro día sentí un alivio enorme al admitir algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza: hay gente que me cae mal, y eso no me hace peor persona. Seamos sinceros, es imposible conectar con todo el mundo; de hecho, me atrevería a decir que aceptar esa fricción es la única forma honesta de entender la diversidad, aunque nos hayan intentado vender lo contrario.


Creo que el verdadero problema empieza cuando confundimos el respeto —que es un derecho fundamental e innegociable— con la simpatía, que es algo que se gana y que nace de la química o de los valores compartidos. He empezado a ver la diversidad no como una fiesta donde todos bailamos al mismo ritmo, sino como un vecindario enorme y ruidoso. No tengo por qué invitar a todos mis vecinos a cenar a mi casa, ni siquiera tienen por qué gustarme sus cortinas o lo que opinan sobre política, pero tengo la obligación cívica y moral de no quemarles el buzón y de saludarles con educación en el ascensor.


A veces tengo la sensación de que, bajo la bandera de la tolerancia, nos estamos construyendo jaulas de cristal. Nos rodeamos solo de gente que piensa exactamente como nosotros, que vota lo mismo y que valida nuestras ideas, y a eso lo llamamos “comunidad” cuando en realidad es una cámara de eco. Es muy fácil ser tolerante con quien es tu espejo; lo difícil, la verdadera prueba de fuego de la madurez social, es mirar a alguien que representa todo lo que te irrita, alguien cuyas ideas te parecen equivocadas o cuyo carácter te rechina, y aun así, defender su derecho a ocupar su espacio tanto como defiendes el tuyo.

La diversidad real es incómoda. Tiene aristas. Implica aceptar que el otro no tiene por qué pensar como yo para ser válido. Y lo más liberador de todo este proceso es entender que es una carretera de doble sentido: yo también tengo derecho a caerle mal a alguien. Yo también soy el “otro” insoportable en la historia de alguna persona, y no pasa nada, el mundo no se detiene por ello.


Quizás sea hora de dejar de fingir una afinidad universal que no existe y empezar a practicar una convivencia adulta; una donde podamos mirar a alguien a los ojos y pensar: “No me gustas, no estoy de acuerdo contigo, y probablemente nunca seremos amigos, pero te respeto”. Eso, para mí, es mucho más valioso que una sonrisa falsa.


Si esta  diversidad adulta  es la lección que aprendemos en la vida, sus ramificaciones son cruciales para entender nuestro desarrollo interno y el funcionamiento de las organizaciones. Dejar atrás la exigencia de la afinidad tiene efectos directos en cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el ecosistema empresarial.

El camino hacia el  crecimiento personal  pasa inevitablemente por la  autenticidad; cuando aceptamos que no seremos universalmente queridos y que no podemos gustar de todos, dejamos de ser “complacientes” y establecemos límites sanos.

  • El desarrollo personal nos enseña a desvincular nuestro valor personal de la aprobación externa. Al no depender de la afinidad con un compañero de trabajo, por ejemplo, somos libres para ser profesionales sin sentir la obligación de ser amigos.
  • Una persona madura emocionalmente sabe que la  fricción  (el desacuerdo) no es un ataque personal; ha aprendido a separar la crítica de una idea o un proceso de la descalificación del individuo.


Las organizaciones que confunden diversidad con “familia” crean ambientes que exigen una carga emocional insostenible. El corazón de la diversidad empresarial es  respetar y potenciar el talento único de cada uno, entendiendo que el saber no siempre está en la cima:

  • La jerarquía del conocimiento:  Una empresa verdaderamente diversa acepta la humildad intelectual de que  el conocimiento experto no sigue la jerarquía. Un empleado en la base de la pirámide o un técnico especializado puede poseer un saber crucial (sobre el mercado, la tecnología o el cliente) del que carece el propio CEO o la dirección. El líder debe ser el primero en reconocer que no lo sabe todo, y que su rol es crear el espacio para que la gente que  sí sabe  pueda hablar.
  • El modelo de la orquesta:  En una empresa, contratamos  habilidades y roles, no amistades. Un equipo de alto rendimiento funciona como una orquesta, donde cada músico (personalidad o rol) toca su parte de manera experta, aunque no tenga por qué gustarle la persona que toca el instrumento de al lado. La meta es la  ejecución, no el afecto.
  • Foco en la función:  El éxito laboral se basa en la  interdependencia  y la  claridad de rol, no en la química interpersonal. La antipatía personal debe ser irrelevante si las reglas de la colaboración se cumplen.


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